sábado, 4 de julio de 2009

LA ESTANCIA ANITA

Los sucesos de Estancia Anita, que se hicieron conocidos para los hombres contemporáneos a través de un libro de Osvaldo Bayer y de una película homónima, “La Patagonia Rebelde”, se enmarcan dentro de una serie de represiones a los movimientos obreros, estudiantiles y campesinos que han jalonado la historia de la Argentina.
En el año 1921, obreros, campesinos esquiladores del sur extremo, compañeros del viento y el silencio, fueron fusilados por soldados de Buenos Aires. Eran tiempos de Yrigoyen, del primer gobierno radical. Se los mataba porque hacían huelga. Lo que pedían no era mucho: 100 pesos por mes de salario, que las instrucciones del botiquín de remedios no estuvieran en inglés y que se les entregara un paquete de velas por mes para poder alumbrarse a la noche. Todo esto, y otras cosas por el estilo, estaba escrito en un convenio firmado un año antes por un representante del mismo gobierno que ahora los mandaba matar. Sólo que los patrones no lo cumplieron nunca. Y cuando los obreros se quejaron ante el gobierno porque no cumplían lo que se había pactado, el mismo gobierno que había firmado el convenio los fusiló.
La tierra de Santa Cruz se llenó de tumbas, anónimas, en medio de la nada. Cuentan que nadie se acercaba a esas tumbas por miedo a ser marcado como partidario de los huelguistas, ni siquiera los salesianos fueron a poner una cruz en ellas. Los que murieron fueron obreros criollos, mezcla de indios y españoles, chilotes y también europeos anarquistas. Poco importaba su filiación, sólo una cosa fue tenida en cuenta: la desobediencia a los patrones.
¿Quién ordenó tan tremenda represión? El gobierno nacional, que respondió de esa manera rápida y enérgicamente al pedido del gobierno inglés, que no podía tolerar que los intereses de sus súbditos se vieran afectados. Y las estancias de la Patagonia eran de los ingleses.
Nadie se hizo cargo de estos asesinatos. Varela, el militar enviado por el gobierno, dijo que “había cumplido las órdenes que el Señor Presidente le había dado” y que “no había nada que investigar”. En la lejana Buenos Aires la oposición pidió explicaciones, pero no las obtuvo y fue imposible que el congreso formara una comisión para investigar los fusilamientos. Los anarquistas siguieron reclamando, hasta que uno de ellos, el alemán Kurt Wilkens mató con una bomba y varios balazos a Varela, luego fue encarcelado y asesinado en la cárcel, y sus compañeros finalmente mataron al carcelero que lo había matado. Y aquí se termina esta serie de muertes trágicas, que empezaron el 7 de diciembre de 1921, en la Estancia Anita, en el lejano Oeste de Santa Cruz, muy cerca de la eterna y helada custodia del Glaciar Perito Moreno, que todavía no era la meca del turismo que constituye hoy en día.

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